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Tras el paso de las Navidades y el auge de los regalos “tecnológicos” tanto en juguetes que interactúan con los niños, como otros dispositivos para no tan niños muy demandados por los consumidores, me surge una inquietud, y es que esta nueva realidad 3.0 de reconocimientos de voz, reconocimientos faciales, fórmulas de aprendizaje, etc. hace de nuestra vida mucho más práctica y sencilla pero también hace cada vez estemos más y más conectados transfiriendo nuestros datos; y es que al fin y al cabo, como dice Mario Tascón en su libro Big data y el internet de las cosas: “Somos datos y las empresas lo saben”.

Estos datos que ofrecemos sin querer en nuestro día a día navegando en internet o conectándonos a cualquiera de nuestros dispositivos inteligentes, interactuando con ellos, buscando una dirección o una prenda, nuestra localización, calculando cuánto tardamos en nuestro recorrido matutino de running o nuestras contestaciones en las redes sociales se han convertido en parte esencial de las estrategias comerciales y las compañías buscan transformarlos en negocio. (Por eso a nadie le extraña que su navegador le recomiende hoteles en Sevilla si el día anterior compró un billete de Ave).

Más preocupación despierta cuando dichos datos provienen de los juguetes inteligentes (o Smart Toys) por sus posibilidades de hackeo o de la libre localización del domicilio o su escuela, es por ello que nuestro amigo y colaborador experto en Derecho de nuevas tecnologías, innovación y robótica, Alejandro Sánchez del Campo recomendaba en un artículo de Expansión (http://www.expansion.com/juridico/actualidad-tendencias/2018/01/03/5a4d2073e5fdeae63c8b4623.html) que “cuando el juguete exige conectividad a tablet o móvil, si no existen ventajas claras para el niño, el consejo es prescindir de la conectividad y jugar en modo offline”.

En la actualidad se dice que hay unos 10.000 millones de aparatos conectados a internet y los análisis de los datos que se manejan permiten identificar- siempre que se cuente con los debidos conocimientos y la tecnología adecuada- patrones de comportamiento, es decir, hacer predicciones.

Por eso no nos debe de extrañar que cada vez sea más frecuente la elaboración de perfiles (o profiling) que consiste en categorizar a una persona a partir del tratamiento automatizado de sus datos personales, con el fin de evaluar aspectos variados como su rendimiento profesional, situación económica, salud, intereses, comportamientos o movimientos, para identificar nuestro perfil como consumidores o para definir una campaña publicitaria.

Visto así asusta la idea ¿no?, pues esta práctica está totalmente permitida por la Unión Europea siempre que se informe debidamente al interesado de que sus datos van a ser utilizados para elaborar perfiles al igual que de sus consecuencias, aunque siempre puedes oponerte de forma explícita.

El nuevo Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) permite elaborar perfiles siempre y cuando se apliquen las medidas adecuadas para la protección de derechos, libertades e intereses legítimos de los interesados; es decir, cuando se le haya informado de que la decisión que puede ser tomada con base en un determinado perfil puede producir efectos que le afecten significativamente (como es por ejemplo la denegación de una solicitud de crédito en línea ), se obtenga el consentimiento explícito del interesado, y por supuesto se tomen las medidas adecuadas que aseguren que el responsable de la elaboración del perfil no deja el mismo en las manos exclusivas de los algoritmos y salvaguarda debidamente el derecho a obtener la correspondiente intervención humana.

Esto no ha hecho más que empezar ya que en 2020 se estima que el número de aparatos conectados se multiplique por 5, y el Big data transformará los datos en conocimientos de los cuales se esperan grandes beneficios desde el punto de vista sanitario, ciudades inteligentes, reducciones de emisiones de Co2 así como grandes utilidades en el plano epidemiológico.

En Mind the Law creemos en los grandes beneficios que aportan las nuevas tecnologías, pero personalmente no puedo dejar de lado mi preocupación por que estos avances no supongan una intromisión excesiva en nuestros derechos y libertades, poniendo en el punto de mira políticas de privacidad y seguridad e incluso propiedad intelectual. Por ello es importante que la regulación se adapte (a poder ser) a la misma velocidad, sin frenar el avance tecnológico, pero asegurando la protección de nuestras libertades.

Foto sacada de Flickr Autor Droidgirl