A menudo me repito que si al cabo de tres meses estoy en el mismo punto que estaba con respecto a un objetivo que quería conseguir, algo debo cambiar en mi forma de hacer o de pensar. Y si no lo averiguo, se impone un proceso de reflexión más profundo. Y para ello, hay que parar.

También, a menudo no hay tiempo ni espacio para indagar y saber, en el sentido de consciencia, si hay “algo” que merecería la pena cambiar. Y ello puede resultar tan válido en el ámbito privado como en el de los proyectos empresariales en los que las dinámicas con los distintos partícipes en el proyecto son igual de complejas o, si cabe, más.

Parece que se impone una perspectiva diferente, desde el slow business. Sí, un retiro para pensar, conversar, explorar, crear y prepararse a nivel individual y en equipo.

Y no es solo team building.

Es mucho más. Es arrancar desde las motivaciones individuales de cada partner y enlazarlas con el proyecto empresarial desde una perspectiva vital integradora. Habrá quien considere que se debe partir de la visión de empresa y dejar al margen las visiones individuales. No lo creo y no sólo desde la etimología de la palabra empresa (del latín, impresa), sino sobre todo no lo creo cuando vuelvo la mirada a la historia y con curiosidad indago en cómo se gestaron los grandes acontecimientos de la historia de la humanidad, las más asombrosas “empresas” de la humanidad. Tomemos sólo la conquista del Polo Sur: Robert F. Scott, Ernest Shackleton, Roald Amundsen. Tres formas de hacer empresa. No voy a entrar en ellas, existen textos muy interesantes al respecto. Sólo señalaré que me quedo con las dos últimas porque Shackleton dio valor al perfil de los individuos que integrarían su equipo y porque Amundsen le dedicó tiempo a experimentar, reflexionar y prepararse.

Por ello, a mi modo de ver, empezar a dibujar el año, el futuro, desde el bottom line, el presupuesto, deja mucho fuera.

¿Por qué digo que deja mucho fuera? Porque el bottom line presupuestado lleva a cristalizar un deseo de certidumbre con respecto al futuro que, si no se cumple, lo cual ocurre muy a menudo, nos empeñaremos en explicarlo agarrándonos a todas aquellas circunstancias sobrevenidas y que “estaban fuera de nuestro control”. Esto es, en mi forma de pensar, dogmatismo; dogmatismo definido como lo inmutable, la necesidad de certidumbre o de pensar que la certidumbre existe.

Bienvenidos al mundo de la incertidumbre y adiós al dogmatismo de la certidumbre … o de la pretendida certidumbre. ¡Y sino que se lo digan a los tres exploradores citados! ¡No puedo imaginar los mundos de incertidumbre a los que se enfrentaron!

No nos han educado para vivir en la incertidumbre, para prepararnos y gestionar los cambios y para ser flexibles intelectual y emocionalmente. Hay que aprenderlo, si queremos. ¡Claro está!

Un mundo cambiante implica movimiento y eso significa que en lo no fijo existe la posibilidad de más desarrollo y de mejora.

No digo que tener un presupuesto no sea positivo en términos de utilidad a efectos de obtener ciertos objetivos empresariales y medirlos. Pero los números por sí solos y por muchas explicaciones que los acompañen… son témpanos y mudos. Deben estar presentes en ese devenir que es parte de la incertidumbre en el día a día del hacer empresa y no a toro pasado cuando se trata de explicar lo ocurrido “culpando” a los factores sobrevenidos, imprevisibles, desconocidos y fuera del control, a la incertidumbre. Otros dirán “explicando” … ¿O justificando la falta de flexibilidad o como viene a decir Andrés Oppenheimer, el columnista de “The Miami Herald”, la falta de “visión periférica” en los planteamientos  y en el hacer[1]?

Si situamos el dogmatismo empresarial versus el cuestionamiento, la reflexión, la discusión, la disensión, el escepticismo quizá nos permita llegar a explorar nuevos entornos, crear y prepararnos para formas de hacer empresa distintas con muchas más herramientas y oportunidades para gestionar el día a día y, sobre todo, de mejorar como individuos y como empresa.

Y entre esas herramientas resalto intención y propósito.

Otros dirían “poner foco”.

Prefiero referirme a intención y propósito: pienso que tienen tanto que ver con el intelecto como con la voluntad, con lo racional como con lo intuitivo.

Usar la razón para testar la continua validez de los pilares de nuestros negocios y no ya solo explicar los números, tanto si se alcanzan presupuestos, incluso se superan, como si no, es “neti, neti”, en sanscrito “no es suficiente”, “no está completo todavía”. Si montar en bicicleta es un ejercicio continuo de equilibrio que puede ser entendido a través de la experiencia, algo que sólo si es desde el dogmatismo, desde el racionalismo incuestionable, se entiende de manera incompleta. Cuestionarse, discutir, ser un poco escéptico incluso con uno mismo, ayuda a avanzar. Es el racionalismo entendido desde el cuestionamiento que permite alcanzar conclusiones que sean válidas y eficientes para hoy, aceptando que en un mundo cambiante pueden no serlo mañana.

Los científicos hacen progresos dando pasos inciertos. No van de la casilla número uno de la certidumbre a la casilla número dos de la certidumbre y, así, sucesivamente. Van de hipótesis que arrancan de su intuición, de su imaginación y que experimentan hasta hallar la conclusión definitiva, la cual también precisa de la razón. Y esa conclusión definitiva puede no tener su origen en las hipótesis originales … o incluso cuestionarse como definitiva en un momento posterior (pensemos cuando se creía incuestionablemente que la tierra era plana…).

Y entonces ¿cómo trabajar sin certidumbre en el continuo movimiento? ¿Dónde está la estabilidad y la permanencia? ¿Cómo hacer como cuando montamos en bicicleta, sin caernos?

La permanencia en la impermanencia, estoy segura, viene dada sólo por valores como el compromiso, el respeto, la confianza y la humildad, con un hilo conductor de coherencia y consistencia.

Y desde ahí y desde todo esto hemos querido las socias de Mind The Law situarnos en nuestro momento slow business durante unos días fuera de la autopista.

Y dejar espacio y tiempo “para que ocurran cosas”. No iba de una agenda planificada hasta el último detalle. Eso no tocaba esta vez. Iba de intenciones y propósitos, de voluntad e intelecto, de lo racional y de lo intuitivo, con tiempos para la reflexión y la discusión, para la improvisación y la creatividad (buenas herramientas para gestionar la incertidumbre), para la preparación y para fijar planes de acción. Y, ¡claro! para los presupuestos, aunque no desde la nebulosa del botton line.

Y sobre todo, lo más importante, iba de entender y comprometernos cada una de nosotras con los proyectos vitales del resto. Si no, no sería posible Mind The law.

Si no existe ese compromiso con y entre nosotras mismas y nuestro proyecto vital individual, difícilmente podría existir Mind The Law, difícilmente podría existir el compromiso con nuestros clientes.

Y en todo esto, el compromiso, el respeto, la confianza y la humildad que estén en el intelecto, en el corazón y en la sangre en el hacer empresa en Mind The Law día a día. De otra forma, el continuo movimiento y la incertidumbre nos arrasarán como un tsunami.

¡En unos meses … veremos!

[1] “La clave es la educación” – Andrés Oppenheimer