Seleccionar página

La innovación es la reina del sorpaso, evoluciona más rápido de lo que los humanos podemos si quiera intuir. Casi todo queda obsoleto en un instante. O al menos esa es la sensación de quien intenta hincarle el diente a las llamadas “nuevas tecnologías”, término este tan difuso como inabarcable, así que adelanto que de lo que voy a escribir es de robótica, de robots, bots (ustedes eligen) y de inteligencia artificial.

La realidad es que esa evolución vertiginosa en ocasiones nos hace sentirnos indefensos, la mayoría intuimos su gran potencial, y eso es precisamente lo que asusta. Nos enfrentamos a una realidad de neveras que hacen la compran solas, robots que aprenden interactuando con humanos, coches que se conducen solos o contratos que se ejecutan automáticamente. Y uso el tiempo presente con toda la intención. Es ya una realidad, y pronto será, además, lo habitual.

En la actualidad se está discutiendo si debe regularse sobre robótica e inteligencia artificial (IA), al mismo tiempo que se debate sobre cuál es la definición acertada de una y otra. No tenemos aún nada claro y los conceptos evolucionan de forma tan rápida y fluida que enseguida se escabullen de cualquier etiqueta que se les asigne. Pero oiga, se hace lo que se puede, y en opinión de la que suscribe no debemos conformarnos con ponerle puertas al campo, es decir, legislar, porque lo estaríamos haciendo (por decirlo de algún modo) a ciegas. En mi opinión, aún no tenemos los mimbres para tejer ese cesto.

Los que saben más de esto tienen opiniones que están en las antípodas. Me gustaría empezar con la cita de un gran filósofo, José Antonio Marina, que recientemente participó en Robotiuris 2017 organizado por FIDE y cuya intervención podéis leer aquí afirma que la sociedad se guía por una ley universal del aprendizaje que dice que todas las personas, todas las empresas, todas las sociedades, para sobrevivir, necesitan aprender como mínimo a la misma velocidad con que cambia el entorno, y si quieren progresar, a más velocidad. Él apuesta por encontrar la manera de integrar las nuevas tecnologías de las que disponemos en el aprendizaje, porque en efecto lo que tenemos entre manos tiene toda las papeletas para revolucionar lo que ya conocemos.

Pero en paralelo se plantean otras incógnitas y otros retos:

¿Qué es capaz de hacer la IA? Hoy por hoy, como afirma Ramón López Mántaras, aunque el reto principal sea dotar a las máquinas conocimientos genéricos, comunes, con la intención de conseguir que sea similar a la inteligencia humana, pero aunque la IA existe, su desarrollo actual le permite hacer las cosas muy bien, incluso mejor que los humanos, pero en ámbitos muy concretos, muy restringidos. Y ese es, para Ramón López Mántaras, el gran reto, conseguir que pasen de ser específicas a generales.

¿Qué estándares éticos deben tener los robots o la IA? Sin duda si los humanos entendemos que nuestras acciones deben regirse por unos valores éticos (los que sean), la IA debería igualmente estar sujeta a dichos valores, puesto que lo que hacemos en realidad, el objetivo de desarrollar la IA, es poder delegar decisiones en ella.

Una derivada fundamental (por su cercanía en el tiempo) es la relación indiscutible entre el Internet de las cosas (IoT) y la IA. Vamos a dejar que los robots entren hasta la cocina, pero no sólo de las empresas, también de nuestras casas, con todo lo que esto significa en términos de privacidad (incluida la de nuestros hijos).

Esperanza es lo que ofrece la IA en otros campos como el de la medicina. Y aquí me permito citar a José Luis Pons, que define los exoesqueletos como tecnologías robóticas sobre las que se lleva investigando mucho tiempo. Esperanza que se transforma en temor cuando sabemos que la IA también puede utilizarse en un conflicto armado. Ya se está hablando de soldados robots, ya existen aviones no tripulados y hasta algunos organismos internacionales están investigando esta derivada, tanto en el uso defensivo como ofensivo en conflictos armados de máquinas con IA, usos cuyas consecuencias hoy por hoy no pueden ni imaginarse.

En definitiva, el espectro de posibles usos de robots y de IA llega donde alcance la imaginación. En todos los sectores económicos y sociales revolucionará en no mucho tiempo la realidad. Sin embargo, parece que cuando nos encontramos ante algo desconocido, el primer reflejo es regularlo, pero en este caso es francamente complicado, puesto que no sabemos exactamente el objeto que haya de tener esa regulación (afecta a todos los sectores, todos, de la vida del ser humano, y en grados distintos y muchas veces esenciales).

En este sentido, recomienda el Parlamento Europeo en su informe para la Comisión sobre normas de Derecho civil sobre robótica (de enero de 2017; evidentemente no es el último grito de la bibliografía sobre la materia, pero sirve a los propósitos de este humilde post) que el desarrollo de la tecnología robótica se oriente a complementar las capacidades humanas y no a sustituirlas y que se garantice que, en el desarrollo de la robótica y los sistemas de IA, los seres humanos tengan en todo momento el control sobre las máquinas inteligentes. Tiene en cuenta incluso el posible desarrollo de un vínculo emocional entre seres humanos y robots —especialmente en el caso de grupos vulnerables, como niños, personas mayores y personas con discapacidad—, y destaca los problemas que pueden plantear las graves consecuencias físicas y emocionales que este vínculo emocional podría causar a los seres humanos.

En definitiva, sentimos que algo grande se nos viene encima y, a mi entender, regular algo que no comprendemos bien o cuyas consecuencias se nos escapan aún es contraproducente. Entiendo que la robótica, la IA o en general las nuevas tecnologías son neutras en sí mismas. Por eso, en mi opinión, y sin perjuicio de que en algún campo haya que regular la IA, por donde hay que empezar es por donde propone José Antonio Marina, por la educación. Integrar esta realidad en el aprendizaje permitirá a las nuevas generaciones tener un criterio idóneo para hacer un uso de las nuevas tecnologías que sea realmente útil, ético y razonable.

Foto sacada de Flickr Autor Rodolfo Abud