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Ultimamente está muy de moda innovar, ser innovador, ser “moderno” que diría mi abuela.

Es verdad. Hay una especie de fiebre por la innovación que ha trascendido más allá de aquellos sectores a los que de siempre hemos asociado con la creatividad o con lo novedoso, como es la moda, o la publicidad, el marketing, la producción cinematográfica, televisiva o teatral, etc..

Ahora la creatividad se adentra de lleno en sectores que hasta ahora se habían mantenido al margen de las modas, el sector legal sin ir más lejos.

Hasta ahora a los abogados se nos exigía simplemente ser suficientemente buenos y tener ciertos contactos, basicamente contar con el conocimiento preciso para hacer viable jurídicamente un determinado proyecto.

Después se nos exigió no ser muy caros además de ser suficientemente buenos.

Ahora sin embargo, tanto el conocimiento legal como el ajuste de precios se presuponen, igual que se presupone saber inglés. En estos tiempos, además de ser buenos y no ser caros, se nos exige conocer a fondo el proyecto en el que participamos como asesores para asegurar que nuestra opinión legal es la más simple de implementar, la que tiene menos riesgos o la que tiene un menor impacto a nivel organizativo. Ahora a los abogados se nos exige ser buenos, no ser caros y, además ser innovadores y creativos,  aportar valor más allá de la solución legal.

Eso significa conocer de primera mano (para después adaptarnos a ellas) las necesidades y expectativas de nuestros clientes. Ello pasa, por supuesto, por conocer las leyes, pero exige además un profundo conocimiento del negocio del cliente, una enorme disciplina y rigor, un gran sentido común (el menos común de los sentidos), una gran intuición y, desde luego (y esto es opinión personal) grandes dosis de innovación, es decir, tener el arte suficiente como para hacer lo mismo de siempre pero de manera difente.

Ser innovador en el sector legal significa saber combinar derecho y tecnología. Significa abrirse a equipos multidisciplinares. Significa no trasladar al cliente costes distintos de que estrictamente corresponden al servicio ofrecido. Significa ser capaz de adaptarte a las necesidades temporales de tu cliente a través de un LIM (Legal Interim Management).

Significa poder ofrecer soluciones integrales mas allá del servicio jurídico estricto, conocer las últimas tecnologías, las nuevas formas de negocio que surgen cada día. Significa ser capaz de  facilitar networking. Significa promover la abogacía preventiva en un país que es de todo menos preventivo, porque la realidad es que abordar un asunto desde sus inicios evita muchos problemas y, seguramente sea mucho menos costoso para el cliente que las “intervenciones urgentes y a destiempo”. Significa tener muy claro lo que nunca vas a hacer, por más tentador que resulte a priori.

En definitiva, significa ofrecer la mejor solución posible en cada momento, con enorme rigor, honestidad y fiabilidad. Y eso pasa por estudiar, ser buen conocedor del mercado y de la tecnología, por aportar frescura a los proyectos. Por supuesto pasa por tener buenos clientes, tan buenos y tan innovadores como lo eres tú.

Ser innovador en el mundo del derecho significa hacer que tu cliente crezca, para así crecer con él.