Cuando me preguntan sobre Blockchain me pasa algo parecido a cuando me preguntan por mi hija, que no puedo disimular mi entusiasmo y fascinación, y me deshago en elogios por esto que muchos llamamos nueva internet. Uno de los asuntos a los que dedico últimamente más tiempo de divagación y debate (cada vez que veo que la opción de hablar de mi libro) es a tratar de adivinar desde donde va a abordarse el tema de su gobernanza, entendida ésta como (RAE dixit) el arte o la manera de gobernar que se propone como objetivo en el logro de un desarrollo económico, social e institucional duradero, promoviendo un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y el mercado de la economía. Acción y efecto de gobernar o gobernarse.

Como punto de partida contamos con los datos que nos ofrece la PwC’s Global Blockchain Survey 2018 y con las previsiones que pone sobre la mesa el Annual Gartner Hype Cycle, para quien Blockchain será una tecnología consolidada en unos diez años aproximadamente. Resumen: Blockchain es una realidad que crece a velocidad de vértigo cuyo debate sobre buen gobierno permite hacer uso de una libertad sin límites a la hora de proponer ideas y empezar a hacer camino. Todo está por hacer.

Las cuestiones que se me plantean con relación a este asunto son de lo más alternativo y entiendo que su respuesta requiere un mucho de espíritu visionario: ¿Cuáles serán los presupuestos desde los que pueda abordarse la gestión de su buen gobierno? ¿Qué conflictos se podrán encima de la mesa a propósito de la utilización generalizada de Blockchain? ¿Qué instituciones jugarán papeles protagonistas en este escenario de búsqueda de la excelencia en el buen gobierno? ¿Qué trabajos de campo hay en curso?

¿Podría partirse de las soluciones adoptadas en su momento de cara a la gestión de la gobernanza de Internet? Es verdad que ambas tecnologías, Internet y Blockchain, distan mucho en sus orígenes. Internet deriva de la red arpanet, lanzada en los años 60 por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos con el objetivo de convertirse en una red descentralizada e independiente del ordenador central con la que proteger las comunicaciones militares durante la guerra fría. Su consolidación posterior (a través de la generalización de su uso) dio lugar al trabajo en red, permitiendo a cualquier persona la interconexión e intercomunicación a nivel global. Blockchain, nace de la mano de un breve WP elaborado a principios del 2008 por Satoshi Nakamoto en el marco del manifiesto ciberpunki y el Manifiesto Cripto-Anarquista, a raíz de una crisis económica e institucional mundial sin precedentes, con un objetivo claro: empoderar al individuo frente a los gobiernos a través de la descentralización.

A pesar de sus diferencias, ambas tecnologías surgen como redes descentralizadas, abiertas y seguras. Pero Blockchain es además una red distribuida establecida sobre un sistema de recompensas, lo que la convierte en una tecnología cualitativamente superior y en esencia distinta de Internet, especialmente porque con ocasión de su desarrollo posterior y utilización generalizada, Internet se ha convertido en un ente que responde a criterios de gestión centralizados puestos al servicio de los grandes agentes económicos.

De ahí el éxito que yo le auguro a Blockchain, su particular esencia democrática que, si nada lo impide, permitirá el ansiado empoderamiento y control del individuo (tan denostado en estos días de velocidad de vértigo de las distintas tecnologías) sobre su privacidad. Porque aquí si que no es posible, al menos en el corto plazo, poner puertas al campo. Porque con Blockchain la realidad supera la ficción, y con ella la mayor parte de las normas, como le ha ocurrido al GDPR, habrán nacido caducadas. Entonces será el momento de volver a los principios de Derecho más básicos, el momento de rescatar los manuales de Filosofía del Derecho para poder abordar las novedades que de la mano de Blockchain viviremos en los próximos años.

Y aquí suscribo lo que expone Telefónica en su Manifiesto por un Nuevo Pacto Digital,  la digitalización debe asegurar que las personas se conviertan en los principales beneficiarios de la innovación tecnológica. Pongámonos a ello. Iniciemos desde ya una fase que permita transicionar de forma controlada y segura a esta nueva revolución tecnológica.

Hasta aquí mi reflexión de hoy. Mañana Dios dirá.

Cristina Martínez Laburta