Es indiscutible que las redes sociales (esas grandes organizaciones de personas cuyos datos personales van y vienen sin que lleguemos a tener claro cuánto se sabe o se deja de saber sobre nosotros) tienen un efecto positivo absolutamente imparable: unen a las personas.

Hoy estábamos todos pendientes del resultado del juicio de los tres bomberos procesados en Lesbos por un presunto delito de tráfico de personas. Hasta hoy, y durante muchos días las RRSS han estado llenas de mensajes de apoyo hacia los acusados, hemos visto gente en la calle, viralizado vídeos y redactado cartas y mensajes dirigidos a ellos. Todos hemos tenido la oportunidad de pronunciarnos de una manera u otra para lanzar nuestra protesta e indignación por la enorme injusticia. Afortunadamente, los tres han sido absueltos. Era de sentido común, pero ya sabemos que el sentido común es el menos común de los sentidos.

También hoy hemos sabido que el Sr. Kote Cabezudo (acusado de varios delitos de agresión sexual, producción y distribución de pornografía infantil y corrupción de menores, entre otras lindezas) ha ingresado por fin en prisión preventiva por decisión del nuevo juez instructor, designado en sustitución de la hasta ahora magistrada y presunta responsable de la “fosilización” de la causa (cuya instrucción había comenzado hacía cinco largos años) y quien afortunadamente ha sido ya apartada del caso debido a las varias querellas por prevaricación que acumula a sus espaldas (un drama para las –que se sepan- 13 víctimas y sus familiares). Este asunto, silenciado hasta ahora por prácticamente todos los medios de comunicación, se ha movilizado gracias a un video publicado el pasado 8 de marzo por el abogado de algunas de las víctimas, en el que daba a conocer el contenido de la denuncia presentada ante la Fiscalía General del Estado, y del que se hizo eco el periodista Melchor Miralles y la web www.sinfiltros.com. De nuevo, un asunto que se ha movido gracias a la presión individual de todos a través de las RRSS.

Otro asunto del que ha generado una enorme movilización en redes y fuera de ellas es la sentencia de “la manada”, de cuyo texto íntegro podía disponerse en RRSS casi inmediatamente después de su lectura en audiencia pública a las 13:00 horas del pasado jueves 26 de abril. La indignación se viralizó pocos segundos después y en unos minutos se hacía la dueña de las calles de muchas ciudades. Pocos han sido los que no se han pronunciado manifestando su solidaridad con la víctima con un claro #NoesNo y #Yositecreo.

Personalmente (y esto no tiene nada que ver con las RRSS sino con mi opinión sobre su contenido) tras haberme leído uno detrás de otro los 370 folios de la sentencia, debo manifestar mi absoluto desacuerdo (y no soy la única) con el argumentario en el que basan el fallo la mayoría de los magistrados de la sala, pues la misma dificultad plantea la apreciación del “prevalimiento” que se utiliza para condenar por delito continuado de abuso sexual agravado, que la “intimidación” determinante una condena por violación. En fin, lo natural será que el Tribunal Supremo revoque la sentencia para condenar por agresión sexual (o al menos, eso es lo que esperamos todos). Mi crítica debe entenderse desde una perspectiva de técnica jurídica, con todo el respeto a las palabras de los magistrados, que a lo largo de los hechos probados recogen el dolor de la víctima, dan cuenta del engaño sufrido por la conducta de esos cinco animales (por llamarlos de alguna manera), y no dudan en ningún momento de la credibilidad de aquélla.

Ahora, con respecto al contenido del voto particular, mi crítica va mucho más allá de lo técnico para pasar al terreno de lo “moral” y de lo “ético”: este señor que tiene el título de magistrado no tiene ningún derecho a utilizar en su “justificada” exposición, palabras que puedan llevar a vejar aún más a la víctima del delito, como en mi opinión hace, cuestionando la credibilidad de ésta de manera constante y utilizando las palabras “jolgorio y regocijo” para referirse a cinco bestias penetrando a una chica de 18 años por vía vaginal, anal y bucal, todos al mismo tiempo, en un cubículo de apenas un metro cuadrado y durante 15 minutos (en los que todos ellos eyaculan al menos una vez, algunos de ellos varias), quienes además terminan llevándose su teléfono móvil, dejando a la víctima sola y semidesnuda. Se me encoje el cuerpo tan solo de escribirlo.

Desafortunadamente son muchos más los casos en los que después de un absoluto calvario judicial como el vivido por esta pobre chica, de despacho en despacho, de declaración en declaración y de examen forense en examen forense; te encuentras con lo de siempre, con que no hay delito. Los que hemos vivido este maltrato institucional (muy generalizado) a la hora de condenar por delitos contra la libertad sexual (especialmente en menores de edad) sabemos de qué va todo esto. Esperemos que gracias a la solidaridad que generan las RRSS se empiece a dar a este tipo de asuntos la importancia y el respeto que merecen, y si no por respeto, que sea por lo menos por vergüenza torera de quienes tienen el deber de impartir justicia.

Una última cosa, directa al magistrado discrepante en el asunto de la manada, como dice el gran Howard Gardner, neurocientífico y profesor de Harvard, “las malas personas no pueden ser profesionales excelentes. No llegan a serlo nunca. Tal vez tengan pericia técnica, pero no son excelentes. Los mejores profesionales son siempre excelentes, comprometidos y éticos.”

 

Y concluyo mi post con la buena onda del principio: la solidaridad funciona y se hace viral. Sigamos aprovechando la fuerza de las redes sociales para hacer que las cosas cambien.

Feliz semana,

Cristina