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Me han pedido que prepare un post en el que explique cómo funciona un algoritmo para que lo entiendan niños de 6 años. Lo cierto es que el encargo fácil no es, y mucho menos para mí, que pienso como abogada y escribo como tal. La realidad es que a los abogados lo simple se nos da regular.

Así que, buscando algo de simplicidad que me ayudase con el post encontré la definición que contiene el diccionario de la Real Academia de la Lengua sobre el término “algoritmo” como “conjunto ordenado y finito de operaciones que permite hallar la solución de un problema”, definición que como podréis imaginaros no me ha sido de mucha ayuda. Tampoco Wikipedia, que lo define como un “conjunto prescrito de instrucciones o reglas bien definidas, ordenadas y finitas que permite llevar a cabo una actividad mediante pasos sucesivos que no generen dudas a quien deba hacer dicha actividad”.

Yo, de momento no soy capaz de definir un algoritmo de una manera más simple que la expuesta (ni de ninguna otra) y lo único que tengo claro es que los algoritmos están en todas partes. Podría decirse que son ubicuos, que nos persiguen allá a donde vamos y que se saben nuestras intimidades a niveles casi infinitos. Ahora que los efectos del IOT y del Social Big Data resultan imparables, los algoritmos nacen, crecen, se reproducen y mueren a esa misma velocidad.

Lo que hacen los algoritmos es elaborar patrones de conducta sobre la base de una serie de datos obtenidos de las búsquedas que hacemos en Google, nuestras compras on-line, o los likes, comentarios y post de publicamos en RRSS. De este modo, lo que antes hacían las empresas especializadas en análisis de mercado, dedicando mucho tiempo y recursos, ahora se obtiene de una manera enormemente eficaz para quienes se aprovechan de esos patrones o perfiles, sin que nosotros, los titulares de esos datos tengamos la más mínima conciencia de hasta qué punto nuestras acciones permiten conocer de manera gratuita nuestros entresijos a quienes hacen fortuna con ellos.

La realidad es que tomando en consideración nuestras incursiones en páginas de internet, las horas a las que las efectuamos, si somos o no prolijos a la hora de hacer comentarios en redes sociales, si compramos o no billetes de avión o seguimos a una determinada celebrity, y otras curiosidades, aplicando un poco de estadística, una buena dosis de programación y algo de creatividad, podemos atisbar, con una gran posibilidad de acierto, si nos huelen o no los pies, si estamos constipados o tomamos coca-cola para desayunar.

Ya con la chaqueta de abogada puesta se me plantean varias cuestiones sobre el uso, masivo o no, de algoritmos: de un lado, la protección que nuestro derecho dispensa a su creador y de otro, la protección que corresponde a los usuarios de internet, cuyos rastros “on-line” son utilizados por terceros para la elaboración de “perfiles”. Dada la complejidad de ambas cuestiones, las dejo para próximas entregas.

 

“La información es la gasolina del siglo XXI, y la analítica de datos el motor de combustión”. Peter Sondergaard