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El big data no es nuevo para el ámbito sanitario. Hace poco leí que las primeras bases de datos masivos en este ámbito se crearon en los años 50, pero que fue ya en los años 80 con los primeros ordenadores cuando de verdad se pudieron explotar sus beneficios.

En la actualidad, la investigación en biomedicina sería impensable sin big data, que proporciona grandes claves para la lucha contra muchas enfermedades y que, además gracias a ello, se han realizado cientos de miles de estudios sobre el cáncer, diabetes, enfermedades autoinmunes y cardiovasculares entre otras. Por tanto, gracias a la utilización de este gran volumen de datos, la medicina avanza a pasos agigantados.

Un ejemplo es el Real World Data (también conocido como RWD) que refleja la atención real que reciben los pacientes en un contexto concreto y los resultados obtenidos, recogiendo beneficios y efectos adversos de las decisiones médicas en la práctica sanitaria habitual de millones de pacientes, permitiendo, además de comparar diferentes tratamientos para una misma enfermedad, así como de alguna manera predecir lo que va a pasar, fomentar la proactividad sanitaria, que facilita la gestión de la población para mantenerla sana.

Otro ejemplo es el IBM Watson Health, que ofreciendo un servicio en cloud, permite a hospitales, médicos e investigadores, entre otros, transformar aspectos clave del sector sanitario, como el descubrimiento y desarrollo de nuevos fármacos o la gestión de enfermedades crónicas.

Las posibilidades del big data en el ámbito de la salud son innumerables, entre ellas destaco las predicciones de hospitalizaciones por patologías basadas, por ejemplo, en factores ambientales, el análisis del estado de salud de una población en un territorio, ensayos clínicos, la efectividad de medicamentos o sus efectos adversos.

Pero en el proceso de análisis de esos datos es importante no olvidar que detrás hay pacientes, y por tanto que tenemos el deber de garantizar la confidencialidad y la privacidad de las personas y es que, dentro de sus infinitas ventajas, el principal riesgo de las analíticas de datos se encuadra en el ámbito de la privacidad y del uso nocivo que podría hacerse de estos datos si no van acompañados de unas condiciones mínimas de privacidad y protección de derechos.

En la actualidad cualquier proyecto de investigación que implique la reutilización de datos sanitarios debe contar con el dictamen favorable de un comité ético y de investigación clínica, siendo estos comités los que mejor pueden ponderar los beneficios sociales de la investigación y los riesgos individuales de la misma. La aprobación por parte de este comité implica el examen de los datos personales y el tratamiento de sus muestras, así como las previsiones de consentimiento, confidencialidad y protección de los derechos de los participantes.

Con el Proyecto de Ley de protección de datos que se está tramitando actualmente, se acotan las posibilidades de la utilización de datos personales para fines secundarios por la imperiosa necesidad de, no sólo obtener el consentimiento real, expreso e inequívoco del paciente, limitándose además la posibilidad de prestación de consentimientos para otros fines distintos a los previstos inicialmente, sino dejando a un lado la posibilidad de considerar la investigación médica como un fin de interés general, lo que está levantando ampollas en numerosas asociaciones médico-sanitarias y farmacéuticas, que revindican la necesidad de que siga siendo posible la investigación biomédica mediante el uso secundario de datos con fines de investigación.

Además, el propio Reglamento Europeo recoge la investigación científica como de “interés público general”, por lo que sería necesario adaptar nuestra normativa de modo que garantice el equilibro necesario entre el fomento de la investigación sanitaria y la protección de datos, como ya han hecho países como Alemania o Austria.

En fin, os dejo el debate encima de la mesa.

Foto sacada de SESCAM